![]() |
| Edificio La Bolsa de Comercio y paseo peatonal. Fuente: archivo B. Maturana, imagen editada con AI. |
Las consecuencias
se hicieron evidentes en el comercio y el turismo. Pequeños negocios se vieron
obligados a cerrar o reducir sus horarios, mientras empresas de mayor tamaño
abandonaron el centro para trasladarse a comunas percibidas como más seguras. A
ello se sumó el fuerte aumento del comercio informal que, además de competir en
condiciones desiguales con el comercio formal, ocupó y deterioró el espacio
público. El fenómeno es especialmente grave porque residencia, comercio,
servicios, instituciones, cultura y turismo no son actividades independientes
de la calidad urbana: son precisamente las que producen ciudad. La presencia
permanente de personas genera actividad, vigilancia natural, confianza y
seguridad y, con ello, favorece el desarrollo económico y social. El comercio
formal, además de generar empleo y actividad, aporta mediante impuestos,
patentes y otros mecanismos a los recursos públicos que se reinvierten en la
propia ciudad.
La pandemia de
COVID-19 profundizó el deterioro al reducir drásticamente la actividad
económica y los flujos de personas. Paradójicamente, también significó una
tregua temporal para muchos habitantes del centro, al interrumpir parte de la
violencia que había dominado sus calles durante los meses anteriores.
Una intervención
física puede mejorar un espacio; recuperar un centro urbano exige algo mucho
más complejo: reconstruir las condiciones que permiten habitarlo, recorrerlo,
trabajar en él, invertir y confiar nuevamente en él. Los grandes proyectos
inmobiliarios y comerciales pueden desempeñar un papel fundamental, pero deben
insertarse en una estrategia urbana integral. Los gestos urbanos, grandes y
pequeños, necesitan certezas institucionales, económicas y, especialmente, de
seguridad.
Es en este
contexto donde la reconversión de la antigua Bolsa de Comercio representa una
oportunidad excepcional. Por su ubicación, historia, escala y capacidad de
relacionarse con el espacio público, el edificio puede contribuir no sólo a
recuperar un inmueble patrimonial, sino también a revitalizar parte del
patrimonio arquitectónico, urbano y cívico de Santiago.
Pero ningún
proyecto, por extraordinario que sea, puede garantizar por sí solo la
recuperación de su entorno. El desafío es evitar que la antigua Bolsa se
convierta en una isla de renovación rodeada por un centro que mantiene sus
problemas. Para que actúe como verdadero catalizador urbano, su actividad debe
irradiarse hacia las calles y espacios públicos circundantes y relacionarse con
los flujos peatonales, el comercio, la cultura, el patrimonio y la vida
cotidiana del centro. Ello requiere, además, un compromiso efectivo con la
seguridad y el cuidado del espacio público por parte de las instituciones, las
autoridades y los propios ciudadanos.
Hay razones para
mirar esta intervención con interés. Territoria, la empresa que abordará la
reconversión de la antigua Bolsa de Comercio, estuvo también a cargo del diseño
y construcción del MUT, Mercado Urbano Tobalaba. Se trata de proyectos muy
distintos, pero el MUT constituye un antecedente importante por su ubicación,
su escala, su capacidad de innovación y una cualidad particularmente relevante:
aunque es un proyecto comercial, permite recorrer y disfrutar espacios de
encuentro, descanso y exhibición sin que el consumo sea necesariamente la razón
de la permanencia. Es, en ese sentido, también un lugar para habitar la ciudad.
La antigua Bolsa
presenta desafíos de otra magnitud. Diseñada por el arquitecto francés Emilio
Jéquier y construida entre 1913 y 1917, su condición de edificio icónico y
Monumento Histórico desde 1981 impone restricciones, pero ofrece también
extraordinarias oportunidades. A ello se suma una condición urbana
especialmente relevante: la Bolsa forma parte intrínseca del sistema de paseos
peatonales del centro de Santiago, lo que amplía considerablemente el potencial
de su reconversión para relacionarse con los flujos y la vida urbana de su
entorno.
El principal
desafío será encontrar el equilibrio entre transformación y permanencia:
conservar y poner en valor sus fachadas y los elementos interiores que
sustentan su valor patrimonial y, simultáneamente, permitir nuevos usos,
mayores flujos de personas y una relación más intensa con la ciudad.
Transformar un
edificio originalmente concebido para actividades relativamente discretas hacia
nuevos usos públicos vinculados al comercio, la cultura y el esparcimiento
requerirá especial sensibilidad. No se trata de preservar una fachada mientras
todo lo demás se transforma, sino de mantener legibles la identidad, la
historia y los valores arquitectónicos del edificio mientras se incorpora nueva
vida en su interior.
Igualmente
importante será que esa vida se proyecte hacia afuera. Un proyecto que
concentre toda su vitalidad dentro del edificio tendrá un impacto urbano
necesariamente limitado; uno capaz de extenderla hacia las calles y espacios
públicos puede contribuir a recuperar la vitalidad de su entorno. Allí radica
el desafío más interesante de la intervención: preservar sin inmovilizar,
transformar sin borrar y abrir el edificio a la ciudad sin banalizar su
carácter patrimonial.
Si se logra ese
equilibrio, la antigua Bolsa de Comercio puede convertirse no sólo en un
proyecto exitoso de reconversión arquitectónica, sino en un catalizador para la
recuperación del centro de Santiago. Pero su eventual éxito demostrará también
algo más importante: los edificios pueden contribuir decisivamente a
revitalizar una ciudad, pero no pueden hacerlo solos. Recuperar el centro
significa, finalmente, recuperar la seguridad, la confianza, la actividad y las
demás condiciones que hacen posible la vida urbana.
